La gentrificación es un fenómeno cada vez más visible en destinos turísticos de todo el mundo. Aunque suele asociarse con procesos urbanos, en el turismo adquiere matices particulares que impactan de forma directa a las comunidades locales, la identidad cultural y la sostenibilidad del destino. Entender cómo ocurre y cuáles son sus efectos es clave para quienes trabajan en el sector turístico y para los territorios que buscan un desarrollo equilibrado.
En términos simples, la gentrificación turística se da cuando un destino comienza a atraer inversiones, visitantes y nuevos residentes con mayor poder adquisitivo, lo que eleva el valor del suelo, los precios de la vivienda y el costo de vida. Este proceso, aunque puede traer mejoras en infraestructura, servicios y visibilidad internacional, también genera presiones significativas sobre la población local.
Uno de los principales efectos de la gentrificación en un destino es el desplazamiento de los residentes tradicionales. A medida que aumentan los arriendos y el valor de las propiedades, muchas familias se ven obligadas a mudarse a zonas periféricas. Esto no solo rompe el tejido social, sino que debilita la memoria colectiva del lugar: los vecinos, las historias, las tradiciones y los oficios que daban autenticidad al destino empiezan a desaparecer.
Desde la perspectiva turística, este cambio tiene consecuencias profundas. Los destinos que se vuelven “escenarios” pensados únicamente para el visitante corren el riesgo de perder aquello que los hacía únicos. Restaurantes tradicionales son reemplazados por propuestas estandarizadas, los comercios locales ceden espacio a marcas globales y la cultura viva se convierte en un producto superficial. A largo plazo, el destino puede volverse homogéneo y menos atractivo, incluso para el mismo turista que busca experiencias auténticas.
La gentrificación también impacta el empleo turístico. Si bien puede generar nuevos puestos de trabajo, estos no siempre son estables ni bien remunerados. Además, cuando los trabajadores locales ya no pueden vivir cerca de los centros turísticos, se incrementan los tiempos de desplazamiento y se deteriora la calidad de vida, lo que afecta la prestación del servicio y la relación entre anfitriones y visitantes.
Sin embargo, la gentrificación no es un proceso inevitable ni necesariamente negativo si se gestiona de forma responsable. La clave está en la planificación turística y en la gobernanza del destino. Políticas públicas que regulen el uso del suelo, limiten la especulación inmobiliaria y protejan la vivienda local son fundamentales. Asimismo, es esencial integrar a la comunidad en la toma de decisiones, asegurando que el turismo sea una herramienta de desarrollo y no de exclusión.
Para los empresarios turísticos, especialmente en destinos rurales o emergentes, el reto está en apostar por un modelo de turismo sostenible e inclusivo. Valorar la cultura local, trabajar con proveedores de la región, promover experiencias auténticas y respetar la capacidad de carga del destino no solo reduce los efectos negativos de la gentrificación, sino que fortalece la marca del lugar a largo plazo.
En conclusión, la gentrificación es una realidad que afecta cada vez más a los destinos turísticos. Reconocer sus impactos y actuar de manera consciente permite construir territorios más justos, auténticos y sostenibles, donde el turismo beneficie tanto a quienes visitan como a quienes llaman hogar a ese destino.